Si algo me han enseñado las personas este año pasado, ha sido el poder fatal de la mentira. Esa que colamos en nuestras acciones, con la excusa de buenas intenciones. “Una mentira blanca no daña”, he escuchado decir. “Hay que ser político a veces para no ofender”, otras tantas más.
Con estas excusas en mano, vamos librando batallas en nuestras relaciones, con el ánimo de preservarlas, incluso las relaciones familiares se tiñen de este disfraz, por demás acostumbrado pero odioso.
Tengo el ejemplo de familiares, con los cuales he estado distanciada casi que mi vida entera, pero a quienes apenas veo en año nuevo, navidad o los funerales.