Estos días soñé con mi tía, fallecida en noviembre pasado, este sueño me conmovió mucho porque fue como algo que quiso decirme. Al menos yo lo creo así.
El día que ella falleció, fue un día muy aciago, pero luego en el proceso de esos días de duelo, el caer en cuenta de su muerte y miles de porqués que aún no encuentran respuesta; me hallé reflexionando sobre los duelos.
Tradicionalmente entendemos el duelo solamente en casos de fallecimiento, de luto o de pérdida. Sin embargo son tantos los duelos que cargamos que ni nos damos cuenta.
Crecemos con la mayoría de ellos solapadamente en nuestras vidas, como si fuese normal. Y con aquella costumbre resiliente que tenemos, los vamos dejando colar, porque se supone que es "normal" que sucedan cosas como perder el trabajo, la pareja, la mascota, la adolescencia.... No nos gusta, pero los convertimos en "normales".
Si, son "normales", pero nadie dijo que el transitarlos no pudiera ser transformado. Digo transformado no para evitar vivirlos, sino para ser conscientes de que están allí para algo.
El caso es que no sabemos a ciencia cierta para qué, nos arrebatamos en el duelo por instantes y luego preferimos "pasar la página", porque es como si colocamos una curita y listo. La curita no evita la herida, ni tampoco el dolor que la misma causó.
También creo que manejamos estos asuntos con la ligereza de quien no se atreve a involucrarse, guardando en un bolsillo las emociones para no sufrir, porque no es "aceptable" sufrir.
El duelo es válido, incluso diría que necesario. Perder un amigo, un fallecimiento, un robo, un extravío de documentos, los hijos que se van, las discusiones, la pareja que no está, los padres ausentes, crecer, envejecer, la menopausia, la andropausia, el nacimiento, los asuntos laborales... y a ello agrego, la agresividad colectiva, las colas, el tránsito, la inflación, la merma del poder adquisitivo, la política son escenarios que han venido a conformar también una causal de duelo colectivo, pero nosotros capeamos el temporal, porque tenemos una idea errada de la resiliencia.
Yo vivo en Guatire, y paso por Petare todos los días, no caben palabras para describir el nivel de duelo que me embarga cada vez que advierto la suciedad, el desorden, la extrema suciedad el aglutinamiento, el corneteo... mi sensación al pasar por allí es frustración, pérdida, desánimo... Es un duelo diario... Quién dice que semejante condición no pueda ser cambiada?
Nos animamos, pensando "ah, esto pasará", "ah, hay que fluir con la situación", "pero qué podemos hacer?"... y frases por el estilo que no se me ocurren como otra cosa sino excusa para no hacer frente responsablemente a lo que nos afecte... y buscarle la solución.
La muerte es inevitable, y el duelo en ello supone una pérdida que pocos concebimos como normal, allí navegan la angustia, el desasosiego, la desolación, pero estamos claros que tarde o temprano, todos sin exclusión alguna pasaremos por ella.
Pero todos los escenarios restantes, donde colectiva o personalmente dependen de una elección, de un accionar para producir un cambio, son precisamente a los que no les podemos dar la vista de lado, ni la acostumbrada "pasar la página".
Precisamente porque podemos cambiar nuestro interactuar, podemos ejercer nuestras leyes, podemos sufragar, incluso podemos elegir no coparticipar de escenario alguno donde se atrofie nuestra ciudadanía.
Por ello, mi reflexión al respecto es que hay que vivir el duelo, cuando se presenta, pero hay que transitarlo y en determinado momento salir de él, porque la vida sigue, no igual, pero sigue... En cambio con aquello que nos afecta en nuestra cotidianidad es un atropello permearlo en nuestra vida hasta acostumbrarnos, porque de ese presente no tan grato que vivamos se desprenderá un futuro que no nos resultará alentador en absoluto....
Hasta luego, hasta otra reflexión...
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